viernes, 3 de agosto de 2012

Desde allí afuera


Una pestilencia invade el aire, una sensación que ahoga los pulmones, nubla la visión y atormenta al cerebro con cada segundo que pasa. El sujeto no encuentra ninguna salida, mientras el sudor que emana de su frente permanece en ella sin caer presa de la gravedad, como si se propusiera hacerle saber para siempre el control que el miedo tenía sobre sí mismo, esta agua estaba decidida a no correr, a no fluir como se suponía que fuera.

Un cambio de 45 grados en la dirección en la cual mira es la única señal de alerta y de vida, mientras divisa decenas de caras, que nunca permanecen pero que siempre se graban en la memoria. Lo único en lo que puede pensar entonces es en correr, alejarse de ese ambiente viciado, denso y desagradable a toda costa. Tras un breve instante de meditación emprende la huida, una huida de 2.6 km/h, ¿el destino? ese no importa por ahora, porque se irá revelando conforme pise terrenos más frescos y más claros.

Es así entonces como se encontró a mitad de la mañana en otro entorno, igual de fétido que el anterior, pero en donde al menos el agua parecía correr, evocando la evolución constante como si se tratara de un ritual de regeneración. El viento golpeando su cara era la señal más vívida en ese momento, o al menos la más perceptible; la sensación de fluidez le dio una oportunidad de respirar, se decidió por acudir al lugar en el que las palabras eran mudas, en donde se escuchaba con los ojos y en donde el único ruido era el que hacía la mente al dar sentido a las oraciones, oraciones que pasaban con la misma constancia con que lo hacía el agua en aquel riachuelo restringido y veloz en donde se le ocurrió semejante destino.

Al llegar allí, no tardó en adaptarse a las nuevas reglas, a pesar de que era completamente diferente al sitio del cual huía. Allí la luz inundaba los espacios, se reflejaba en el suelo y en el cielo raso, de allí saltaba para caer en las cubiertas oxidadas por el tiempo, cubiertas muy bien enumeradas que protegían centenares de ideas. La calma que sintió en ese nuevo ambiente lo sedó lentamente como el efecto de las hormonas en el cuerpo, con una acción retardada pero de gran intensidad y duración. Se sentó entonces en el asiento izquierdo de un cómodo sillón, no sin antes seleccionar esa ventana especial que siempre había tenido en la mente; luego de acomodarse muy bien en los blandos cojines se dispuso abrir la ventana, asomó su mente a través de ella siendo capaz de ver en el horizonte aquello que en el fondo buscaba.

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